15 de abril del
2003
Primavera negra
Mientras caían misiles sobre
Bagdad, en Cuba 78 opositores y periodistas independientes
fueron sometidos a una represión atroz.
El circo político ya comenzó. En juicios sumarísimos
-pese a que en el país no se ha decretado estado
de sitio ni de guerra- a los disidentes y periodistas se
les han aplicado desproporcionadas sanciones.
Pero hasta ahora es terror sin sangre. Al mejor estilo estalinista.
La paranoia sin sentido. Miedo al cambio indetenible. Surrealismo
puro. Show vernáculo, doloroso y traumático.
Se desató, en fin, la violencia.
El régimen cubano se quitó el antifaz con
el que solía jugar a la democracia y se mostró
tal cual es. El de un gobierno intolerante e inmóvil,
que al no poder sostener un diálogo franco y abierto
con sus opositores, recurre al terror como moneda de cambio.
En este marzo negro, ante el empuje de una disidencia y
una prensa alternativa cada vez más coherente, las
autoridades optaron por la represión. Puede que haya
sido una mala decisión. El tiempo dirá.
Entretanto, el mundo civilizado se escandaliza ante tamaño
acto de irracionalidad y lo ha tildado de una opereta política
de baja estofa. Parte de la puesta en escena son los juicios
que de forma acelerada se han celebrado en la Isla y con
peticiones de largas penas -cadena perpetua incluida- a
decenas de hombres y una mujer que por método tenían
oponerse a Fidel Castro con palabras y acciones pacíficas.
Martha Beatriz Roque Cabello, 57, lúcida economista
y una de los autores de La patria es de todos, documento
que la llevó a tres años de prisión
y a una celda tapiada de Villa Marista, estuvo a la espera
de una sanción de cadena perpetua. Su delito como
el de los restantes detenidos, es reclamar un espacio político
y sugerir los necesarios cambios económicos que Cuba
necesita.
Los 78 detenidos, desarmados, luchaban por la democracia.
Por elecciones libres. Por el pluripartidismo. Por la iniciativa
individual, la libertad de prensa, de viajar y de reunirse
libremente, derechos negados hace 44 años a los ciudadanos
cubanos. Por demandar esas libertades y sostener sus criterios
es que el gobierno de La Habana los ha puesto tras las rejas
y en el caso de Martha Beatriz y una docena más,
casi por el resto de sus vidas. Muchos de ellos pueden morir
en la cárcel, pues la mayoría de los detenidos
sobrepasan los 50 años. El total de las condenas
solicitadas suman más de 900 años.
Ninguno de los 78 apresados recurrió a la violencia
como vía para hacer valer sus ideas y puntos de vista.
Sus “armas” eran la pluma y su voz. En Cuba
y fuera de ella muchos se restriegan los ojos pensando que
se trata de una pesadilla.
Hace 50 años, el 26 de julio de 1953, el presidente
Fidel Castro asaltó un cuartel en el oriente del
país como punto de partida para una lucha que él
consideraba justa. Su objetivo era derrocar al dictador
Fulgencio Batista, quien se había hecho con el poder
mediante un golpe de estado el 10 de marzo de 1952.
En un juicio celebrado el 16 de octubre de ese mismo año
en una sala del tribunal de Santiago de Cuba y donde además
de contar con las garantías procesales vigentes en
la época, Castro, por su condición de abogado,
fue autorizado a autodefenderse.
Por el ataque militar, donde hubo muertos y heridos de ambos
bandos, recibió una condena de 15 años de
encarcelamiento. Lo recluyeron en el presidio de Isla de
Pinos, a unos 200 kilómetros al sur de La Habana.
Las condiciones de su prisión (y la del resto de
sus compañeros de armas) pueden verse hoy en el Museo
de la Revolución y leerse en el libro La prisión
fecunda, del periodista Mario Mencía.
De la lectura uno se entera que leía todo lo que
deseaba, comía exquisiteces (para un recluso) como
spaguettis con calamares y bombones italianos, colaba café,
tenía una celda espaciosa con un estante para colocar
libros y podía baldearla con creolina y detergente.
A los dos años, el dictador Batista decretó
una amnistía general y le permitió salir rumbo
al exilio en México. Lo demás es historia
conocida. Regresa a Cuba en 1956, con 82 hombres armados
a borde del yate Granma. Penetra por un lugar de la costa
de Manzanillo y logra crear un ejército irregular
que a través de la guerra de guerrillas tomó
el poder el primero de enero de 1959.
Poco después de su establecimiento como máxima
figura política, la democracia comenzó a ser
cercenada: el habeas corpus, eliminado; las huelgas, prohibidas
y los periódicos, cerrados. Todo lo proclamado cuando
se luchaba contra la tiranía fue literalmente borrado.
Las puertas del diálogo y la oposición se
cerraron con candado. Miles de cubanos decidieron preparar
sus maletas y largarse. Los que se quedaron y osaron pedir
cambios fueron a parar a la cárcel y, finalmente,
al destierro. Sin contemplaciones. Otros, los más
“afortunados” pasaron al ostracismo y quedaron
convertidos en no persona. Los más desgraciados,
enviados ante el pelotón de fusilamiento.
Ahora, de nuevo, se intenta aniquilar la disidencia, dividiéndola,
desmoralizándola y condenando a varias decenas a
prisión. “El fin justifica los medios”,
sentenció Maquiavelo y nunca como en esta primavera
se han palpado las enseñanzas del maquiavélico
florentino.
De ahí que no sorprenda que en esta razia hayan decidido
“quemar” agentes infiltrados en las filas de
la oposición y el periodismo independiente como Manuel
David Orrio, Néstor Baguer, Odilia Collazo, Aleyda
Godínez y Pedro Veliz, entre otros, Pero, ojo: unos
cuantos más permanecen a la sombra o en activo, haciendo
su labor de quintacolumna.
La situación de los detenidos no se conoce a fondo,
pero lo ocurrido con Osvaldo Alfonso, 35, presidente del
Partido Liberal Cubano y uno de los disidentes con más
perspectivas, nos indica lo peligroso de su encerramiento.
Alfonso debe haber sido sometido a terribles presiones y
en el juicio se retractó y mostró su arrepentimiento.
Cualquier método para exterminar a la oposición
y la prensa libre es válido para el gobierno. Mas
sus victorias son pírricas. Les respalda tener todo
el poder bajo sus manos y el miedo generalizado entre la
población. Miedo paralizante que logra dominar a
las personas sin vocación de mártires.
Muchos de los disidentes y periodistas pertenecen a la tercera
edad. Pudieran estar en sus casas, regando las plantas o
como tranquilos abuelos dedicados a criar a sus nietos.
Lo admirable es que hayan escogido el camino de la lucha
pacífica. Porque quieren el bien para su patria.
Todos ellos representan las voces del cambio. Ahora están
tras las rejas. Entre ellos, un poeta y periodistas de la
talla de Raúl Rivero, condenado a 20 años.
Su delito es ser un hombre que escribe lo que piensa en
el país donde nacieron sus abuelos.
La historia de Cuba algún día contará
con detalles estos horrores.
Este proceso deleznable pudiera transformarse en un boomerang.
Y los que un día Castro vilipendió, humilló
y desacreditó mañana podrán convertirse
en héroes populares. Esperemos.
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