10 de febrero del 2005
¿Colonos en el Caribe?
Por Iván García,
La Habana
Todo es más cómodo.
Desde un suntuoso auto Audi alemán, con cristales
velados, equipo de música mp3 y cabina climatizada,
conocer el "paraíso del socialismo".
Así hicieron Pierre, Robert y Dominique, tres amigos
franceses que, a pesar de cargar casi con sesenta años,
dieron una vuelta por el país de las altas palmas
para rescatar y recordar su pasado.
De cuando eran tres jóvenes
anarquistas y rebeldes en la primavera de París
de 1968. Con pancartas del guerrillero argentino Che Guevara
y la fe en que el capitalismo tenía sus días
contados. Aún Pierre sonríe cuando recuerda
esos días. París repleta de inconformes,
al ritmo de
Los Beatles y el amor libre.
Todos evocaban una isla verde
donde un grupo de guerrilleros tan jóvenes como
ellos habían traído en la punta de los fusiles
una revolución para su gente. Castro y Guevara
eran sus ídolos políticos y ellos también
querían hacer su revolución. De cierta manera
hicieron una revolución personal. Al cabo de los
años, los entonces jóvenes franceses se
transformaron de incendiarios en adultos maduros y profesionales
solventes.
Ya son abuelos y este enero
de 2005 aterrizaron en un Airbus 320 de Air France, con
la cartera repleta de euros y una vida ausente de carencias
materiales. Todavía se consideran algo "rojillos",
claro, nadie los persigue por eso ni los amenaza con veinte
años de cárcel por odiar al gobierno de
Jacques Chirac, electo en las urnas. Nunca habían
estado en Cuba y querían conocer la meca de la
guerra de guerrillas y al hombre que le "planta cara"
al enemigo yanqui.
Canosos pero saludables,
alquilaron por dos semanas un Audi de 155 dólares
el día y fueron a conocer y, por qué no,
a disfrutar, los placeres de La Habana nocturna, de los
que algunos amigos les habían hablado en voz baja
en las salas de sus casas parisinas. Pierre enloquecía
por pagarle a un par de jineteras que le susurraran al
oído caricias y exclamaciones en francés,
mientras hacían sexo duro tras ingerir una viagra.
"Hasta Castro ha dicho
que sus putas son las más cultas del mundo y he
leído que las jineteras cubanas son políglotas",
comenta el ingenuo de Pierre.
Cuba, detenida
Trazaron su programa para
una estancia de 14 días. Alquilaron tres habitaciones
individuales en el hotel Habana Libre, en el corazón
del Vedado habanero. La primera semana sería de
juerga y conocer de personas que le hablaran arrobados
de las virtudes del gobierno perfecto de Castro, que no
por gusto anda por 46 años. La segunda semana,
más cargada, irían a Pinar del Río,
a conocer al tabaquero Alejandro Robaina, que cultiva
los mejores puros del mundo. Seguirían para Varadero
y culminarían el periplo en el monumento al Che
Guevara en Santa Clara para expiar los "pecados"
y excesos revolucionarios cometidos en días anteriores.
Se la pasaron en grande.
Chicas de entre 14 y 18 años de todas las razas
y cuerpos extraordinarios, como las de los filmes de Hollywood.
Y Dominique, hasta le pagó 100 dólares a
un chico alto de cejas pobladas y bellas piernas para
que le hiciera el amor. En su hogar de París y
rodeado por sus nietos, aún recuerda la fogosidad
de aquel joven. De sexo salió sobrado.
Conocieron al tabaquero Robaina
y se tiraron fotos con él, compraron muchos puros
y comieron en abundancia. La Habana, Varadero y Santa
Clara, las conocieron tras los cristales velados del Audi
alemán. "Sí, algo sufren, pero la gente
parecía contenta", señalan los desprevenidos
turistas.
Se molestaron algo --no mucho--
cuando los(as) jineteros(as), en medio del ron y el éxtasis,
les hablaron de la pobreza material y espiritual a que
les ha condenado Fidel Castro. Y ellos, como sabios profesores,
desempolvaron teorías de viejos libros de Carlos
Marx. "Tío, pero cómo es posible que
tú apoyes esta mierda, teniendo tanta plata y viviendo
tan bien en Francia", le dijo un joven a Dominique.
Tuvieron sus dudas sobre
el apoyo popular al régimen, pero pensaron --porque
así lo quisieron-- que ellos, como "malos
revolucionarios", se habían codeado con la
lacra del paraíso cubano. Veinticuatro horas antes
de partir hacia París, rodaron 300 kilómetros
hasta Santa Clara en el Audi de color negro, mientras
hablaban por el móvil con su familia. En el monumento
al Che Guevara hicieron un silencio de ultratumba y las
lágrimas rodaron de sus rostros ya avejentados,
ante el nicho del hombre al que mencionaban en aquella
primavera francesa del 68, inolvidable para ellos. Era
como retornar a su juventud.
Callados, de vuelta a La
Habana, oyendo a John Lennon en el compacto, Pierre dijo
algo que sonó profético: "No tenemos
por qué atormentarnos, nosotros no renunciamos
a nuestro pasado, pero hemos evolucionado. Es Cuba la
que se ha detenido en el tiempo". Aun hoy, en el
frío invierno parisino, a los tres abuelos de izquierda
no les abandona un cierto sentimiento de culpa: sentirse
como una especie de colonos franceses en el Caribe.