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Equívoco sobre condenados en Cuba

Por Iria González-Rodiles

Será primavera, igual que ahora, cuando los periodistas librepensadores condenados en Cuba, por estos días de abril, dejen la cárcel.

La Tierra habrá girado en torno al Sol, quince, dieciocho, veinte veces o más, cuando los prisioneros hayan cumplido sus penas y vuelvan a casa. Pero el regreso de ellos, de todos los disidentes encausados, coincidirá, siempre, con este mes de flores, vientos cuaresmales y naturaleza fecunda, en que los enjuiciaron.

Si sobrevivieran hasta entonces, en abril del año 2023, Raúl Rivero saldría de prisión con 77 años, y Ricardo González, con 73: cumplidas las sentencias y en plena ancianidad.

En la primera estación del año 2021, Manuel Vázquez Portal estará con el pelo tan blanco como ahora, pero con 71 almanaques arriba, y Jorge Oliveras, sería sexagenario, pero con sus achaques prematuros de salud, amplificados e irreversibles, por tantos años de descuido en el cautiverio.

Al abrirse, para ellos, las puertas de la prisión nada será igual al mundo que ahora abandonan. Nada.

Para cuando Raúl retorne a las alturas de su hogar de la calle Peñalver es seguro que Teté, con 103 años entonces, ya no estará, pero aún ha de escucharse allí el quebranto de su alma maternal, cual soplo quejoso, resonando entre paredes y rincones, a la espera de su hijo. Jenny habrá ido “de la niñez a los asuntos” propios de los 29 años de edad, pero con la añoranza perpetua del padrino que le arrebataron cuando pequeña. Y Blanquita, la esposa, más incrédula y desconfiada que nunca, no cejaría en sus protestas e intensos trajines por liberar a Raúl, aun después de los besos y abrazos de bienvenida.

Si Ricardo González se reencontrara con sus hijos, en el año 23 de este milenio, Daniel y David serían hombres de 29 y 35 abriles. Y, posiblemente, junto a ellos, también lo esperen, en el destartalado chalet del municipio Playa, alguna angelical y curativa vocecita que lo llame “abuelo”.

Dos años antes, del mismo mes primaveral, allá, en el inhóspito Alamar, Gabriel habrá saltado de los 9 a los 29 años, y, junto a su madre, la parsimoniosa Yolanda -de mucho le vale- bajará presuroso las escaleras del edificio-cajón, antes que Manuel suba a casa. La esposa y el hijo, a uno y otro lado, tomados de la mano con Manolo, irán primero a la costa, como en otros tiempos, pues si acaso les toca llorar, será mejor, como dice el poeta, frente al mar.

A Jorge lo estará esperando sólo Nancy. Juntos volverán a caminar las calles habaneras, los intrincados muros de la fortaleza de La Cabaña. Tal vez se sienten en el Malecón y sueñen con la descendencia que el presidio les truncó.

Sí, al abrirse las puertas de la prisión nada será igual al mundo que ahora abandonan.

Pero, para ese entonces, cuando la Tierra haya girado 20 veces o más, el jerarca cubano andará picando o habrá sobrepasado los 100 años y todo su séquito, también, será sólo un grupo de veteranos achacosos.

Y la vida será distinta en Cuba.

Hasta aquí, puras elucubraciones, basadas en circunstancias transitorias inmediatas, momentáneas, aparentes, de lo que ahora sucede en abril y sucederá con posterioridad, dentro de la sociedad cubana.

¿Quién sabe los inescrutables rumbos que ha de tomar la vida? ¿Quién conoce el inexorable curso de los acontecimientos al margen de la voluntad, el poder y las intenciones humanas?

Cierta vez, un hombre poderoso habló consigo mismo: “Alma mía, tienes aquí muchas cosas guardadas para muchos años: descansa, come, bebe, pásalo bien”. Pero Dios le dijo: “!Pobre loco! Esta misma noche te van a reclamar tu alma. ¿Quién se quedará con lo que has preparado?”. (Lc 12, 19'20).

Así, de imprevisible e indómita es la vida para todos, en cualquier parte del mundo. Y Cuba no está exenta.


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