15 de abril del
2003
Cuba, sin piedad
Por Iria González-Rodiles
“Si, digáis
miserere”
(Paráfrasis a un verso criollo)
Tampoco en las páginas del Granma, ni de ningún
otro periódico cubano, se lee la palabra piedad.
Ni ahora, ni durante décadas. Tiempo atrás,
Danil Granin fue quien primero advirtió este tipo
de omisión en Pravda... y ya todos sabemos cómo
terminaron los asuntos soviéticos.
Mientras el desenfreno se recrudece por estos días
en Cuba -con procesos sumarios y condenas prolongadísimas,
contra los librepensadores, y sentencias de cárcel,
cadena perpetua, fusilamiento, contra quienes intentaron
escapar en una pequeña embarcación del puerto
habanero-, los medios de comunicación de la Isla
sólo publican argumentos, hechos y opiniones bajo
la óptica de su dueño absoluto: el gobierno
cubano. A fin de cuentas, sólo se trata de una alta
dosis de anestesia ideológica, no de un trabajo informativo
con rigor profesional.
Así, en la Era de la Información, los pobladores
de la isla caribeña, entre tantas escasez, también
carecen de la diversidad noticiosa del mundo de hoy.
De no ser por la transmisión oral de los sucesos,
el trasiego de literatura informativa de persona a persona
y los ciudadanos con el hábito de sintonía
-y el radio- con la onda corta, los habitantes de Cuba serían
víctimas de un aislamiento completo sobre cuanto
acontece, incluso, dentro de su propio país.
Pero como siempre sucede en los gobiernos dictatoriales
y totalitarios, la gente aprende la doble lectura de los
mensajes, al margen de la intencionalidad y reprobación
oficiales.
A raíz del escándalo provocado por los registros,
detenciones y enormes condenas a decenas de disidentes cubanos,
en una conferencia de prensa transmitida por la Televisión
Nacional, sólo se hicieron públicas dos declaraciones
de los enjuiciados: uno, agradeciendo el trato recibido
en la prisión; otro, retractándose.
Los diplomáticos y periodistas extranjeros acreditados
en Cuba, y también, la gente de este pueblo escarmentado
en la manipulación propagandística -a quienes
no se les permitió la cobertura o asistencia a los
juicios-, no necesitaban poseer gran perspicacia para preguntarse
por qué no se proyectaban otras declaraciones, como
las de Raúl Rivero, Ricardo González, Manuel
Vázquez Portal o de la única mujer presa y
condenada, Martha Beatriz Roque Cabello, por tan sólo
citar algunos ejemplos.
Cualquier tipo de debate o polémica -de “batalla”,
aunque sea de ideas- requiere la presencia de los contrincantes
ante los espectadores. De lo contrario, no existe tal “batalla”,
al no conocerse la riposta. Sólo la tediosa resonancia
de la parcialidad.
Toda contienda también presupone un comportamiento
propio de la condición humana, plasmado en un conjunto
de reglas y códigos éticos... sin excluir
la misericordia. |