No se ha detenido. La escalada represiva
que estalló en Cuba contra la disidencia interna,
durante marzo y abril pasados, continúa con otros
métodos de coacción. Los allanamientos y arrestos
se sustituyen por citaciones e interrogatorios; los juicios
y desmesuradas condenas, por la intimidación y la
amenaza.
Ahora, la policía política
compele al abandono de la disensión o del país;
a guardar silencio o ir a la prisión chiquita - la
de muros, rejas y celdas sombrías y malolientes,
durante una monumentalidad de años en cautiverio.
Ampara este infame procedimiento de los gendarmes, una ley
que disfraza de “independencia y soberanía”
al poder autócrata y omnímodo de la Isla.
Rapiñan, de esta manera, libertades
mínimas de los ciudadanos librepensadores relativas
a la expresión, movimiento, información, entre
otros innumerables derechos elementales.
Pero, en la práctica, aquí nadie escoge si
se va del país o si se encierra en la cárcel.
Esas decisiones sólo competen a las autoridades de
la Isla: todos estamos en sus garras. La única decisión
propia consiste en callar o no, escribir o no, cruzarse
de brazos o no. Y ahí nos va la dignidad o el injusto
castigo.
Así se vive: a la espera, con la
perenne incertidumbre de lo que sucederá a cada instante.
En cualquier momento podrían reactivarse las mefistofélicas
represalias de la bien llamada “primavera negra”,
recién pasada, y la consiguiente pesadilla sin límites
en los hogares y las vidas de quienes disienten.
No. Nada ha concluido, aunque decenas de
periodistas, opositores y activistas de Derechos Humanos,
han sido encarcelados bajo sentencias que, prácticamente,
equivalen a la cadena perpetua o a la muerte lenta tras
las rejas, como sucede con Martha Beatriz Roque, Oscar Espinosa
Chepe y Oscar Elías Biscet, según testimonian
sus familiares.
Quizás ya todos no estemos encerrados
porque dificulta la operación represiva el hecho
de que somos miles, como lo demuestran las firmas del Proyecto
Varela -por ejemplo-, sin contar los otros miles no firmantes
por sustentar distintos criterios de disensión. De
todas formas, el gobierno puede acondicionar instalaciones
-tan paupérrima como aquellas en las que se encuentran
los ya condenados- y aumentar la población penal
política, aunque resulte otro tremendo escándalo
internacional.
Por lo pronto, “andamos sueltos”
por la prisión grande -la de calles, edificaciones,
ambientes y ciudadanos semi derruidos, aunque los mandamás
retoquen y maquillen la nación y la gente con algunas
apariencias, engañando al distante, al desentendido
o al que no quiere ver más allá de sus narices.
Entretanto, las señales que la realidad
envía, indican el circuito cerrado se reduce cada
vez más, hasta hacer irrespirable, asfixiante, la
tensa atmósfera veraniega. Ahora vivimos el “verano
negro” que vaticina la prolongación de la oscuridad
para el otoño y el invierno próximos.