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6 de junio del 2003

Verano negro en una isla tropical
La orden gubernamental está dada: extinguirnos.

No se ha detenido. La escalada represiva que estalló en Cuba contra la disidencia interna, durante marzo y abril pasados, continúa con otros métodos de coacción. Los allanamientos y arrestos se sustituyen por citaciones e interrogatorios; los juicios y desmesuradas condenas, por la intimidación y la amenaza.

Ahora, la policía política compele al abandono de la disensión o del país; a guardar silencio o ir a la prisión chiquita - la de muros, rejas y celdas sombrías y malolientes, durante una monumentalidad de años en cautiverio. Ampara este infame procedimiento de los gendarmes, una ley que disfraza de “independencia y soberanía” al poder autócrata y omnímodo de la Isla.

Rapiñan, de esta manera, libertades mínimas de los ciudadanos librepensadores relativas a la expresión, movimiento, información, entre otros innumerables derechos elementales.
Pero, en la práctica, aquí nadie escoge si se va del país o si se encierra en la cárcel. Esas decisiones sólo competen a las autoridades de la Isla: todos estamos en sus garras. La única decisión propia consiste en callar o no, escribir o no, cruzarse de brazos o no. Y ahí nos va la dignidad o el injusto castigo.

Así se vive: a la espera, con la perenne incertidumbre de lo que sucederá a cada instante. En cualquier momento podrían reactivarse las mefistofélicas represalias de la bien llamada “primavera negra”, recién pasada, y la consiguiente pesadilla sin límites en los hogares y las vidas de quienes disienten.

No. Nada ha concluido, aunque decenas de periodistas, opositores y activistas de Derechos Humanos, han sido encarcelados bajo sentencias que, prácticamente, equivalen a la cadena perpetua o a la muerte lenta tras las rejas, como sucede con Martha Beatriz Roque, Oscar Espinosa Chepe y Oscar Elías Biscet, según testimonian sus familiares.

Quizás ya todos no estemos encerrados porque dificulta la operación represiva el hecho de que somos miles, como lo demuestran las firmas del Proyecto Varela -por ejemplo-, sin contar los otros miles no firmantes por sustentar distintos criterios de disensión. De todas formas, el gobierno puede acondicionar instalaciones -tan paupérrima como aquellas en las que se encuentran los ya condenados- y aumentar la población penal política, aunque resulte otro tremendo escándalo internacional.

Por lo pronto, “andamos sueltos” por la prisión grande -la de calles, edificaciones, ambientes y ciudadanos semi derruidos, aunque los mandamás retoquen y maquillen la nación y la gente con algunas apariencias, engañando al distante, al desentendido o al que no quiere ver más allá de sus narices.

Entretanto, las señales que la realidad envía, indican el circuito cerrado se reduce cada vez más, hasta hacer irrespirable, asfixiante, la tensa atmósfera veraniega. Ahora vivimos el “verano negro” que vaticina la prolongación de la oscuridad para el otoño y el invierno próximos.

La orden gubernamental está dada: extinguirnos. Que no haya abandono humano... y que Dios nos proteja.


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