Si en el 2021 el economista independiente
Arnaldo Ramos, condenado a 18 años de privación
de libertad, aún vive, cuando salga de la cárcel
su nieta Roxana estará a punto de cumplir los 21.
Y él será un anciano de 78 años.
Cada vez que Roxanita, de 3 años,
llegaba a la casa de sus abuelos paternos el modesto apartamento
se volvía una fiesta. La niña nació
prematuramente a los seis meses de embarazo de su madre
y la batalla por salvar a aquella cosita unió aún
más a la familia.
La pequeña Roxana sabe que es el
centro de atención y por ello cuando la llevaron
a ver al abuelo Arnaldo en Villa Marista hizo toda clase
de monerías. Cantó y bailó, ajena a
lo tétrico del lugar. Con su inocencia, por unos
minutos logró alegrar a su abuelo, durante días
sometidos a intensos interrogatorios que no le permitían
conciliar el sueño en una celda que, al igual que
las restantes, permanecen encendidas las 24 horas del día.
Me lo cuenta Lidia Lima, la abuela de Roxanita
y esposa de Arnaldo Ramos Lauzurique, 60 años, mulato
orgulloso de su origen humilde: nació en el solar
El Reverbero, situado en Águila, una de las calles
más habaneras de la ciudad. En la época en
que Arnaldo y Lidia se hicieron novios, cuando aún
no habían decidido sus profesiones, economista él,
médico ella (en Cuba no era muy bien visto que un
mulato se enamorara de una negra), ni aunque ésta
fuera de buena familia y estudiante aplicada.
Ya todo eso forma parte del pasado. Ahora
lo que prima es la realidad durísima. En el 2003
Lidia había pensado jubilarse, por tener la edad
y el tiempo requerido de trabajo. "Pero ahora no puedo.
Necesito el dinero de mi salario para hacer frente a los
elevados gastos que ocasionan las visitas a la cárcel
en Holguín, a donde enviaron a Arnaldo". La
prisión se encuentra a 800 kilómetros de su
domicilio, en el municipio Centro Habana.
Sí, es cierto, ha recibido alguna
ayuda extra. Así y todo, no alcanza. Porque a los
presos, sean políticos o comunes, hay que llevarles
infinidad de cosas. Una lista inicial contempla ropa interior,
sábanas, toallas, mosquitero, cubo, frazada para
limpiar el piso, detergente, spray contra mosquitos y otros
bichos, jarros, platos y cucharas plásticas, medicinas,
útiles de aseo (jabón, desodorante, pasta
de dientes, papel sanitario) y un stock mínimo de
alimentos no perecederos, suficientes para tres meses sin
visita familiar -los presos de la oleada represiva de marzo
del 2003 están catalogados de máximo rigor.
La doctora Lima, como las esposas, madres,
hijos y demás familiares de los 78 últimos
presos políticos cubanos, donde más dificultades
encuentran es en la búsqueda de alimentos que no
se echen a perder y que los supervisores carcelarios les
dejen pasar. Nada puede estar en envases de cristal o metal.
Todo tiene que ir en plástico, lo mejor resguardado
posible, por las cucarachas y roedores que abundan en las
cárceles.
No es sólo un castigo para la familia de cualquier
preso: en la isla corresponde a los familiares la manutención
de la estancia del recluso, no importa si ha sido condenado
a un año o a cadena perpetua.
Los familiares intercambian experiencias.
Por consejo de Elsa Morejón, esposa de Oscar Elías
Biscet, Lidia le llevó a Arnaldo perritos (salchichas)
en un pote plástico de boca ancha, lleno de aceite
vegetal. Y en una botella de aceite echó dientes
de ajo. Para la próxima visita Lidia está
pensando llevar carne de puerco frita dentro de su propia
manteca “como hacen en el campo, lo único que
los guajiros la conservan en latas o cazuelas y no sé
si el plástico resista mucho”.
Ya se cumplieron dos meses del arresto y
la doctora Lima no ha logrado sobreponerse al shock del
operativo policial la noche de la detención, ni del
juicio, apresuradamente celebrado el 3 de abril, “sin
tiempo siquiera para que pudiera nombrar un representante
legal”. Todavía confiesa sentirse extenuada
después de recorrer en tres días 1.600 kilómetros,
distancia de ida y vuelta entre La Habana y Holguín.
Y sin sacudirse el polvo del camino ni reponerse
del cansancio, de nuevo a los preparativos. A buscar y a
acopiar un sinnúmero de artículos en un país
donde ni con dólares se encuentra a veces lo que
uno necesita. Queda, sin embargo, la fortaleza interior.
“Y el ánimo que Arnaldo me transmitió
en la hora y media de la visita”.
Y no lo dice, pero la carta y la postal
recién remitidas desde el kilómetro 777 de
la Carretera Central, donde se encuentra la Prisión
Provincial de Holguín, con sus frases de aliento
y esperanza la han reanimado. Aunque sabe que dentro llegó
también la nostalgia. Del abuelo por no poder ver
ni abrazar a su única nieta.