El reportero independiente Ricardo González
Alfonso, 50, presidente de la Sociedad de Periodistas Manuel
Márquez Sterling, ahora condenado a 20 años
tras las rejas de una precaria celda en la prisión
de Kilo 8, Camagüey, a 700 kilómetros de La
Habana, era un hombre dedicado en cuerpo y alma al periodismo.
Lo conocí en el verano de 1996, una
tarde de sol espeso y alucinante. Esa mañana Raúl
Rivero, al frente de Cuba Press, la agencia para la cual
escribía, me llamó por teléfono y me
dijo que a partir de ese momento empezaríamos a llevar
nuestros trabajos a Ricardo González, residente de
la barriada de Miramar.
Ricardo se encargaría de hacérnoslos
llegar por una vía segura. No me agradó la
idea de trasladarme una vez por semana a una dirección
tan distante de la mía. En Cuba el transporte público
escasea y para llegar hasta casa de Ricardo bien puedes
demorarte de dos a tres horas, sólo en la ida.
Esa tarde calurosa salí junto con
el colega Ariel Tapia, actualmente exiliado en Miami. Luego
de un azaroso viaje en un ómnibus atestado de la
ruta 100, conocimos a Ricardo. Ya le había escuchado
por Radio Martí y me había preguntado cómo
se las arreglaba para redactar tantas noticias interesantes.
Al estrecharle la mano le dije: “¿Acaso
tienes el don de la ubicuidad?”. Y con su típica
risa altisonante González me respondió: “No,
lo que pasa es que hasta en sueños estoy pensando
en el periodismo”.
Trabajaba de forma obsesiva. Igual que Tania
Quintero, 60, fundadora de Cuba Press y quien del periodismo
oficial traía el hábito de escribir incansablemente.
Mientras otros con menos edad hacíamos un par de
historias o notas a la semana, Tania y Ricardo hacían
cinco o seis. Además, González reportaba por
Radio Martí innumerables noticias y denuncias del
complejo mundo de la disidencia y la sociedad cubana en
general.
Con el paso de los años creció
nuestra amistad. Ricardo era humano, sensible y riguroso
con el trabajo. No había un día de las madres,
cumpleaños o fin de año que Ricardo personalmente
no llamara por teléfono, enviara una felicitación
o hiciera un presente, según las posibilidades.
Cuando conjuntamente con Raúl Rivero
creara la Sociedad Márquez Sterling, encima se echó
la tarea de que los 52 miembros estuvieran actualizados
en técnicas periodísticas. Gracias al binomio
Rivero-González varios cursos de periodismo, inglés
o español, fueron organizados. Todos los libros sobre
el tema que recibía la Sociedad eran repartidos entre
sus miembros. Se preocupó porque cada uno tuviera
una mayor preparación. También estaba al tanto
de cualquier carencia material, fuera una máquina
de escribir, papel, bolígrafos o medicinas.
El Topo anciano del régimen, Néstor
Baguer, de 83 años, infiltrado por la policía
política en la prensa independiente, en lo profundo
de su conciencia y soledad debe darle gracias a Ricardo.
A pesar de que el anciano tenía merecida fama de
chismoso, enredador, mentiroso, pedigüeño y
manipulador, González le abrió las puertas
de la Sociedad y de la Revista De Cuba, de la cual salieron
sólo dos números y en las dos aparecen colaboraciones
del viejo informantón. No solamente le hacía
llegar algún dinero, sino que después de un
sinnúmero de contratiempos le consiguió un
andador para facilitarle la locomoción.
El odio y autosuficiencia de Baguer hacia
todos los que le rodeaban no fue óbice para que tanto
Ricardo como Raúl -y contra quien también
se ensañó- le cogieran lástima y le
dieran un trato respetuoso y humano. Todo lo contrario fue
su proceder una vez hecha pública la misión
delatora. Algo sencillamente bochornoso e indignante.
En diciembre del 2002 fue lanzado el primer
número de la revista De Cuba y cuando arrestaron
a Ricardo, el 18 de marzo, ya estaba elaborado el segundo
número, igualmente hecho todo en Cuba por periodistas
radicados en el país y destinado a lectores nacionales.
Esa fue la gota que colmó la copa.
Después de casi doce horas de registro,
agentes de la Seguridad del Estado se llevaron a uno de
los más laboriosos periodistas independientes cubanos.
Desde ese día Ricardo no respira aire puro y el sol
se ha convertido en un lujo. Mas él se mantiene inalterable.
En carta a su compañera Álida Viso Bello,
escribió, “Gracias a Dios, me han encarcelado
junto con mi optimismo”.