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6 de junio del 2003

Pasión por el periodismo

El reportero independiente Ricardo González Alfonso, 50, presidente de la Sociedad de Periodistas Manuel Márquez Sterling, ahora condenado a 20 años tras las rejas de una precaria celda en la prisión de Kilo 8, Camagüey, a 700 kilómetros de La Habana, era un hombre dedicado en cuerpo y alma al periodismo.

Lo conocí en el verano de 1996, una tarde de sol espeso y alucinante. Esa mañana Raúl Rivero, al frente de Cuba Press, la agencia para la cual escribía, me llamó por teléfono y me dijo que a partir de ese momento empezaríamos a llevar nuestros trabajos a Ricardo González, residente de la barriada de Miramar.

Ricardo se encargaría de hacérnoslos llegar por una vía segura. No me agradó la idea de trasladarme una vez por semana a una dirección tan distante de la mía. En Cuba el transporte público escasea y para llegar hasta casa de Ricardo bien puedes demorarte de dos a tres horas, sólo en la ida.

Esa tarde calurosa salí junto con el colega Ariel Tapia, actualmente exiliado en Miami. Luego de un azaroso viaje en un ómnibus atestado de la ruta 100, conocimos a Ricardo. Ya le había escuchado por Radio Martí y me había preguntado cómo se las arreglaba para redactar tantas noticias interesantes.

Al estrecharle la mano le dije: “¿Acaso tienes el don de la ubicuidad?”. Y con su típica risa altisonante González me respondió: “No, lo que pasa es que hasta en sueños estoy pensando en el periodismo”.

Trabajaba de forma obsesiva. Igual que Tania Quintero, 60, fundadora de Cuba Press y quien del periodismo oficial traía el hábito de escribir incansablemente. Mientras otros con menos edad hacíamos un par de historias o notas a la semana, Tania y Ricardo hacían cinco o seis. Además, González reportaba por Radio Martí innumerables noticias y denuncias del complejo mundo de la disidencia y la sociedad cubana en general.

Con el paso de los años creció nuestra amistad. Ricardo era humano, sensible y riguroso con el trabajo. No había un día de las madres, cumpleaños o fin de año que Ricardo personalmente no llamara por teléfono, enviara una felicitación o hiciera un presente, según las posibilidades.

Cuando conjuntamente con Raúl Rivero creara la Sociedad Márquez Sterling, encima se echó la tarea de que los 52 miembros estuvieran actualizados en técnicas periodísticas. Gracias al binomio Rivero-González varios cursos de periodismo, inglés o español, fueron organizados. Todos los libros sobre el tema que recibía la Sociedad eran repartidos entre sus miembros. Se preocupó porque cada uno tuviera una mayor preparación. También estaba al tanto de cualquier carencia material, fuera una máquina de escribir, papel, bolígrafos o medicinas.

El Topo anciano del régimen, Néstor Baguer, de 83 años, infiltrado por la policía política en la prensa independiente, en lo profundo de su conciencia y soledad debe darle gracias a Ricardo. A pesar de que el anciano tenía merecida fama de chismoso, enredador, mentiroso, pedigüeño y manipulador, González le abrió las puertas de la Sociedad y de la Revista De Cuba, de la cual salieron sólo dos números y en las dos aparecen colaboraciones del viejo informantón. No solamente le hacía llegar algún dinero, sino que después de un sinnúmero de contratiempos le consiguió un andador para facilitarle la locomoción.

El odio y autosuficiencia de Baguer hacia todos los que le rodeaban no fue óbice para que tanto Ricardo como Raúl -y contra quien también se ensañó- le cogieran lástima y le dieran un trato respetuoso y humano. Todo lo contrario fue su proceder una vez hecha pública la misión delatora. Algo sencillamente bochornoso e indignante.

En diciembre del 2002 fue lanzado el primer número de la revista De Cuba y cuando arrestaron a Ricardo, el 18 de marzo, ya estaba elaborado el segundo número, igualmente hecho todo en Cuba por periodistas radicados en el país y destinado a lectores nacionales. Esa fue la gota que colmó la copa.

Después de casi doce horas de registro, agentes de la Seguridad del Estado se llevaron a uno de los más laboriosos periodistas independientes cubanos. Desde ese día Ricardo no respira aire puro y el sol se ha convertido en un lujo. Mas él se mantiene inalterable. En carta a su compañera Álida Viso Bello, escribió, “Gracias a Dios, me han encarcelado junto con mi optimismo”.

Castro puede reprimir las libertades individuales, pero no la pasión, el optimismo y las esperanzas de hombres como Ricardo González Alfonso. Porque son íntegros. Ni el peor de los calabozos los puede quebrar.


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