Son los otros reos. A partir del momento
en que sus seres queridos comienzan a purgar las extensas
condenas dictadas por el gobierno de Castro, se inicia el
calvario para los familiares. Trasladarse a mil kilómetros
desde sus hogares y hacerle llegar el necesario avituallamiento
es una odisea en la Cuba actual.
Lo dice sin asomo de melodrama. Con la voz serena y los
ojos aguados. Pero Miriam Leyva, 55, esposa de Oscar Espinosa
Chepe, 63, periodista y economista, piensa que su marido
bien pudiera ser el primer mártir disidente del siglo
21 en Cuba.
“Lo han enviado a Guantánamo,
provincia a más de mil kilómetros de La Habana,
ciudad donde residimos. Chepe, además, se encuentra
muy delicado de salud. La cirrosis hepática intenta
llevárselo y el tratamiento médico no ha sido
el adecuado”, dice Miriam en tono calmado.
Espinosa Chepe puede morir en la cárcel.
Cuando el gobierno cubano desató el 18 de marzo la
razia contra 78 opositores y periodistas libres, y en juicios
sumarios los acusó de colaborar y dar información
a Estados Unidos, no tuvo en cuenta la edad ni la salud
de muchos de ellos.
Acusaciones apartes, estos hombres y la
única mujer, Martha Beatriz Roque Cabello, se oponían
a Fidel Castro con la palabra y la voz. Se puede estar de
un bando o de otro. Pero para nada favorece al régimen
encarcelar opositores pacíficos.
Mil razones ha dado el gobierno cubano,
todas sin mucho peso. La realidad es que la mayoría
son personas mayores de 50 años, no poseen antecedentes
penales y muchos de ellos años atrás eran
simpatizantes activos de la revolución. Por voluntad
propia se volvieron opositores y decidieron criticar el
estado de cosas existente hoy en la Isla.
Ahora, tras las rejas en las duras condiciones
de las cárceles cubanas, la vida de algunos peligra.
Martha Beatriz, 57, economista independiente, está
encerrada en una celda precaria junto a mujeres acusadas
de tráfico de drogas. La comida es mala y las ratas
se pasean impunemente. Su salud también es inquietante.
La cuota de castigo abarca a los familiares.
Blanca Reyes, 51, esposa del poeta y periodista Raúl
Rivero, 57, tuvo que recorrer más de 500 kilómetros
para entregarle la “jaba” con el aseo, medicinas
y algo de comida. Debido a la gran campaña internacional,
Raúl es mantenido en condiciones menos precarias
que el resto. Está recibiendo una alimentación
aceptable y le van a permitir llamar por teléfono.
Le dejaron pasar libros, papel y bolígrafos.
Quizás Rivero pueda escribir en cautiverio la obra
de su vida. Sin embargo, las últimas noticias recibidas
del poeta, le auguran el comienzo de “un régimen
carcelario de mayor rigor”.
Pero otros están en condiciones deplorables
y le limitan las pertenencias a lo imprescindible. A los
residentes en La Habana, salvo contadas excepciones, los
han trasladado hacia el centro y oriente de la Isla. A los
nativos de aquellas regiones los han remitido al occidente.
Ya se sabe: viajar dentro de Cuba puede resultar un lujo.
Un pasaje a Cienfuegos, a 300 kilómetros de la capital,
en un ómnibus de Viazul con aire acondicionado y
otras comodidades, cuesta 500 pesos (20 dólares),
el salario de dos meses y medio de cualquier trabajador.
Por la línea de transporte interprovincial
Astro el mismo viaje cuesta 14 pesos (menos de un dólar),
pero debe reservarse con 15 días de antelación.
Y, por supuesto, no se viaja con el mismo confort. En tren
o avión tampoco es fácil conseguir boleto
y en ocasiones, ante la imperiosa necesidad de estar en
una fecha para la visita, los familiares se ven obligados
a recurrir a la compra de pasajes por debajo del tapete,
teniendo que pagar entre 3 y 5 dólares por una reservación.
Algo común en un sector donde la corrupción
está a la orden del día.
Pero el gasto mayor está en la preparación
de la famosa “jaba”. Debido al déficit
de comida, medicinas y artículos de aseo en las prisiones
cubanas y teniendo en cuenta que las visitas son cada 30
ó 45 días, las familias llevan pequeñas
tiendas ambulantes. ¿Su valor? Cerca de 100 dólares
ó 2.500 pesos: no menos de 50 dólares o mil
pesos.
De ahí que la ayuda de familiares
en el exterior y donativos sean imprescindibles, pues con
las magras entradas de los parientes de los reos que trabajan
es imposible poder darles manutención.
Queda la parte humana. Personas mayores
y en ocasiones enfermas que tienen que viajar cientos de
kilómetros de noche para estar a tiempo a la hora
de la visita, dormir donde puedan, comer algo -si lo encuentran-
y cuando llegan a la prisión ver el deterioro del
padre, hermano, hijo o tía.