12 de mayo del
2003
Contradicciones
Escasean los argumentos de
peso para justificar la siniestra ola represiva contra 78
opositores y periodistas libres.
El régimen de La Habana
se deslavaza con inusitada celeridad. Su credibilidad entre
los simpatizantes foráneos cede.
Quedan pocos amigos y sus argumentos
son simples. No defienden a Castro por su sistema social,
sus ideas políticas o su vocación humanista.
No.
Sus leales se atrincheran a
su lado por su exagerado antiamericanismo.
O por puro fanatismo. Ya no
hay matices. La deficiente conducción de la economía
cubana y la decisión de mandar tras las rejas a disidentes
y periodistas independientes ha teñido el panorama
de la República de dos tonos: blanco o negro.
O con Castro o con los Estados
Unidos. Otras opciones no son posibles. Sin dudas, la supuesta
teoría de conspiración entre la disidencia
y el jefe de la Sección de Intereses en Cuba, James
Cason, se sostiene sobre pilares endebles.
Vea usted. Los enemigos de
la revolución siempre son asesinos, burgueses, corruptos,
vagos, ineptos, estúpidos, traidores, anexionistas,
mercenarios o agentes de la CIA. En los 60, 70, 80 o 90.
O ahora, en el siglo XXI.
Para sus partidarios, Castro
tiene la verdad en sus manos. Y sus contrarios tienen que
ser descalificados. Lo más fácil es levantar
la bandera del antiimperialismo, tan de moda entre los progres
de Europa y la izquierda latinoamericana.
Casi siempre el gobierno cubano
logra, de una manera nostálgica, vender la imagen
de un país pequeño hostigado por Estados Unidos.
Y ello le reporta frutos entre izquierdistas e intelectuales.
Lo único que, detrás
de la dicotomía de buenos y malos, se esconde una
verdad bíblica: Castro desea –y con sus dos
manos lucha- por mantener el poder omnímodo. El resto,
afirman algunos dentro de la isla, es una puesta en escena.
De ahí que muchos en
Cuba se pregunten si existe una forma viable de oponerse
al gobierno y no ser acusado de traidor a la patria y de
estar al servicio de Estados Unidos. Evidentemente no la
hay.
En estos 44 años Estados
Unidos ha mantenido una actitud hostil hacia Castro y su
revolución. Pero también es cierto que el
presidente cubano no ha hecho lo suficiente para tratar
de enfriar las tensas relaciones entre las dos naciones.
Sí, es verdad: Estados
Unidos tiene un embargo absurdo contra la isla, que ha resultado
inoperante y al que se opone la mayoría de países
del planeta. Pero el régimen de La Habana, con su
totalitarismo, tiene embargadas las libertades de los cubanos.
El ser o no ser de Shakespeare
no funciona como fórmula política en la isla.
La mayoría de los disidentes encarcelados a largas
condenas se oponen a Castro, pero también al embargo
y otras leyes estadounidenses. Con el fin de polarizar el
enfrentamiento, el gobierno obvia los matices.
La oleada represiva del mes
de marzo presenta pifias y contradicciones. Se dice que
los opositores “conspiraban” y daban información
al gobierno de Estados Unidos. En el supuesto caso de que
conspiraran con diplomáticos de ese país,
¿por qué éstos no han sido expulsados
o cerrado sus oficinas en La Habana?
Lo de suministrar información
es risible. Porque en Cuba cuando alguien tiene el valor
de disentir públicamente, es expulsado de su trabajo.
Entonces, ¿cómo pueden acceder a datos secretos
o sensibles si no se les permite trabajar ni investigar
por su cuenta?
Cubanos de a pie lo dicen corto
y claro: los han apresado por temor. Otros piensan que ha
sido por venganza hacia quienes narraban la realidad de
un país donde ha aumentado el consumo de drogas y
niñas de 13 y 14 años se van a la cama con
extranjeros por 50 dólares o menos y con el dinero
comprar comida, pues la otorgada por la cartilla de racionamiento
para un mes apenas alcanza para 10 días.
Ese, al parecer, ha sido el
delito en el caso de los 26 periodistas independientes sancionados:
dar a conocer por Internet la cara que la oficialidad pretende
desconocer. Y para calzar sus acusaciones se ha dicho y
mostrado que los periodistas y los opositores tenían
dólares, computadoras, grabadoras, cámaras
fotográficas y libros subversivos. ¡Qué
horror!
Mal ha de andar un país
cuando encarcelan a personas por tener dinero y computadoras,
poseer libros que divulguen ideas opuestas a la ideología
estatal y reunirse con diplomáticos (solo mencionan
a los dos de Estados Unidos, pero se reunían también
con europeos, latinoamericanos y asiáticos).
Las acusaciones contra los
78 disidentes tienen poco peso jurídico. Se les encierra
porque habían alcanzado un espacio y se iban apuntalando
con propuestas pacíficas como el Proyecto Varela
o la edición de publicaciones hechas dentro de Cuba
y destinadas a los cubanos.
Lo demás no es cierto.
Ni conspiraban ni vendían información “al
enemigo”. Disentían contra un gobierno que
en 44 años no ha colmado las expectativas y ha desconocido
la Carta Universal de Derechos Humanos. Discrepar es de
humanos y se debe respetar.
Sobre todo cuando se sabe que
en ciudades donde las embajadas de Cuba son súper
activas como en Caracas y Washington, los funcionarios cubanos
libremente se reúnen con personas y organizaciones
y reparten toda clase de propaganda, incluidos discursos
del Comandante. Nadie se los impide ni los ciudadanos locales
son detenidos por hablar y reunirse con diplomáticos
cubanos.
La acción contra los
opositores en esta primavera negra ha sido, a todas luces,
una política torpe y sin argumentos. Los medios oficiales
gastan ríos de tinta tratando de convencer a sus
compatriotas de que se actuó violentamente porque
Cuba está amenazada y al borde de una agresión
yanqui.
Pero ocurre que cada vez son
menos los que en la isla creen que con cárcel y paredón
se apuntala la soberanía nacional.
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