| Dice que
es el otoño*
Hace casi siete años que desde el
Empire State Building, mi madre y yo, llamamos a Raúl.
Fue una llamada entre uno de los símbolos más
queridos y conocido del mundo y el barrio de “Pajaritos”,
en el centro de La Habana. Le comentábamos qué
bello se veía Nueva York desde las alturas en aquel
anochecer, que mientras tratábamos de subir al mirador
de ese enorme edificio nos había pasado por el lado
Rosita Fornés con su hija, y Raúl me decía:
“que maravilla chico, algún día podré
conocer Nueva York, sus museos y el parque central”.
Nos despedimos con la promesa de visitar algún día
estos lugares, y tomarnos un café junto al excéntrico
dependiente de un famoso restaurante cubano que viaja a
Cuba todos los veranos para ver su tía.
El miércoles 8 de este mes (mayo) volví a
Nueva York con Cristina Rivero, la hija del poeta, con el
objetivo de encontrarnos con la Sra. Madelaine Albright
en el Restaurant Tribeca Grill localizado en Greenwich Avenue
y Franklin Street. El encuentro fue breve e intenso en esa
noche tan neoyorquina, en medio del Festival Tribeca de
Robert de Niro. Nos presentaron en el medio de la recepción
y minutos más tarde buscamos la tranquilidad de un
estrecho pasillo para hablar sin ruidos.
La Sra Albright vestía de negro y conocía
de Raúl. Nos dijo que era triste lo que pasaba en
Cuba y lamentaba profundamente que nuestro padre y otras
muchas personas estuviesen presos. Le entregamos la sentencia
en contra del poeta, le dimos un artículo del gordo
y nos despedimos con la esperanza de que no estábamos
solos.
A esa misma hora en la cárcel de Canaleta, en Ciego
de Ávila, en una celda inmunda, donde se disputan
el sitio roedores y mosquitos, Raúl trataba de dormir
-o intentaba -, escribía otro poema de amor, o recordaba
a su bisabuelo mambí, “ su mambí particular”.
No lo sé.
En Centro Habana, a las 7:35 p.m. de ese jueves mi madre
a lo mejor planeaba en nuestra casa una nueva denuncia,
una nueva misa en la iglesia de Santa Rita con otras mujeres
admirables o escribía otra carta a algún dignatario
mundial para que pueda explicar al mundo que en Cuba, un
lugar entre el Viejo y el Nuevo mundo, que en una islita
del Caribe - donde los turistas europeos y canadienses toman
el sol -, también se toman presos y condenan a personas
por decir lo que no dice la prensa oficial: la verdad. El
delito de disentir no existe en la materia gris de esos
amables turistas deslumbrados con las playas, las nalgas
de las mulatas y la amabilidad de los cubanitos.
Ahora mismo, casi ochenta personas decentes, luchadores
pacíficos, escritores y poetas van a cumplir dos
meses de cárcel. Y el pecado del poeta fue decir
que en su país el pan nuestro de cada día
no es necesariamente diario; que el chofer del camello de
Alamar, del turno de las 7:45 de la mañana, decidió
parar justo a tomarse un café, cuando la gente estaba
más apurada por llegar al trabajo; o por escribir
que Manolo siempre prepara la mesa para cuando pueda sentarse
a ella con todos sus hijos nuevamente. Solo les pide que
esta vez –por favor-, no lleguen tarde.
Algún día caminaremos con Raúl por
el Central Park y le podré dibujar cómo eran
las Torres Gemelas o iremos a Broadway y New Jersey. A lo
mejor nos tomemos un buen café cubano en ese restaurante
famoso de Nueva York. Y también, a lo mejor, nada
de eso ocurre. Puede que, sencillamente, nos tomemos ese
café en nuestra casa de la calle Peñalver
todos juntos: Raúl, mi madre, las hijas y Teté,
con ese balcón abierto donde en realidad no se ven
edificios altos, pero la tarde es más cubana que
las palmas.
Miguel A. Sánchez
Nueva Cork
8 de mayo 8 del 2003
*El autor es hijo de la actual esposa de Raúl Rivero
|