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6 de mayo del
2003
Las dos muertes del poeta
A Raúl Rivero, el mejor poeta de su generación,
intentaron matarlo en la primavera de 1991. De hecho la burocracia
oficial lo exterminó después que Rivero pusiera
su firma en la famosa Carta de los Diez, que pedía
cambios económicos y políticos, así como
amnistía para los presos políticos.
Lo pusieron en la vereda que conduce al patíbulo. Pero
entonces no lo acusaron de tener relaciones sospechosas con
algún secretario de la oficina de Intereses de los
Estados Unidos en La Habana. Fue peor. “Me colgaron
el cartelito de agente de la CIA”, me contó una
tarde. A él y a los nueve intelectuales que osaron
hacer públicas sus diferencias con el gobierno de Castro.
El régimen encolerizó. Nunca le perdonó
al poeta Rivero -ni a los otros- tamaña irreverencia.
Ellos, como todos los intelectuales de la Isla, eran amamantados
por el descomunal aparato de la propaganda estatal. Los que
no fueron a la cárcel, cayeron en el peor de los ostracismos
para un creador, dejaron de publicarles sus obras. Sus nombres
fueron borrados de los catálogos. Sus escritos fueron
a parar a algún rincón oscuro del templete oficial,
cerrado a cal y canto.
Se les condenó a muerte, aunque aparentemente seguían
viviendo. El gobierno ocultó la verdad, Rivero y compañía
estaban lejos de ser “agentes del imperio”. La
realidad era otra. Estaban apasionados por la perestroika
y la glasnost, cuyos aires llegaban a Cuba desde la lejana
URSS. Ellos sinceramente pensaban que en su patria también
podría haber cambios. Sus doctrinas partían
de la izquierda. Eran hombres y mujeres que en cierta etapa
de sus vidas habían estado dentro de la vorágine
revolucionaria. Cubanos que alguna vez fueron aplaudidos y
premiados. Pero públicamente no se podía acusar
a la Unión Soviética ni a Mijaíl Gorbachov
de tratar de desestabilizar el gobierno de La Habana.
Todavía se vivía de la avena rusa, del petróleo
por tuberías y de 4 mil millones de rublos anuales.
Lo más cómodo era colocarlos como “enemigos”
y utilizarlos contra su enemigo de siempre, los Estados Unidos.
Al pasar el tiempo, los intelectuales firmantes de la Carta
de los Diez se fueron al exilio. Sólo quedó
en Cuba Raúl Rivero, nacido en Korón, Ciego
de Ávila el 23 de noviembre de 1945. Nieto de mambises,
gordo y bueno, terco en sus ideas: decía que la República
necesitaba la democracia. Ese fue su delito.
Si en 1991 el castigo fue prohibir su poesía y sus
artículos periodísticos, en la primavera negra
del 2003 la sanción fue mayor. Ahora el autor de “Papel
de hombre” tendrá que imaginar las estrellas
desde los barrotes de una celda sucia en la prisión
de Canaleta, a 500 kilómetros de su domicilio. Por
coincidencia trágica, fue enviado a una cárcel
en la tierra que lo vio nacer y probablemente lo vea morir.
El estado de salud de Raúl Rivero pronostica que no
va a resistir la exagerada condena de 20 años de privación
de libertad.
Impedido de publicar en su patria, crónicas y poemas
de Raúl han visto la luz en el exterior. Entre los
libros editados fuera de la isla se encuentran Firmado en
La Habana, Ojo pinta, Herejías elegidas y Puente de
Guitarra. Está ya en imprenta Recuerdos olvidados,
entregado después de su detención.
Su testamento político, su condición humana
se rebela en toda su extensión en Monólogo del
Culpable, escrito en 1999 y hoy con plena vigencia. Por aquellos
días la pluma lúcida de Rivero decía,
“Los años de cárcel que la ley (88, por
la cual fue acusado) promete con generosidad, por encima del
temor del encierro, el castigo hay que verlo con consternación”.
Opinaba que ley mordaza “es presentar a la nación
cubana como una tribu enquistada en el Caribe, clausurada
para la información y el debate”.
Sabía bien el poeta el costo de tomar un camino al
margen del poder único. “Para el brazo en alto
de esta nueva ley, así como para los insultos de los
oscuros funcionarios del periodismo oficial, las llamadas
amenazadoras a mi casa, para el sobresalto de cada día
yo tengo -me doy cuenta cuando me quedo solo con mi máquina-
el regocijo de saberme libre”.
En otra línea de su premonitorio artículo decía,
“nadie, ninguna ley podrá hacerme asumir una
mentalidad de gánster o de delincuente porque reporte
la detención de un opositor o de a conocer los precios
de los productos básicos de alimentación o redacte
una nota donde diga que me parece un desastre que 20 mil cubanos
se vayan cada año al exilio a Estados Unidos y otros
centenares estén tratando de quedarse en cualquier
parte. Nadie me hace sentir como un criminal, un agente enemigo,
ni como un apátrida, ni como ninguna de esas necedades
que el gobierno usa para degradar y humilla. Soy solo un hombre
que escribe y escribe en el país donde nació
y donde nacieron sus bisabuelos”.
Cuatro años después de escribir el impactante
texto, Raúl Rivero está en la cárcel.
Han vuelto a matar al más relevante poeta de su generación.
En el 91 lo condenaron al silencio. Intentaron borrar su currículum
y apartarlo de sus amigos. En el 2003 lo matan con el encierro,
administrándole con racanería unos minutos de
sol y de aire puro.
Siempre se ha dicho que los políticos temen a los poetas
porque éstos ven más lejos que ellos y sus versos
pueden ser más mortíferos que las balas. Recordemos
a Mayakovski o a Miguel Hernández. Si los milagros
existen, esperemos entonces la segunda resurrección
del poeta Raúl Rivero.
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