Por Tania Quintero
Raúl Rivero lo vio entrar
con camisa color tangerina de mangas largas, pantalón
carmelita y su inseparable bastón, no se sorprendió
como el día antes, en la misma sala del mismo tribunal,
Martha Beatriz Roque Cabello se asombrara al ver entrar
como testigo acusador a Aleyda Godínez, persona allegada
en la Comisión gestora de la Asamblea para Promover
la Sociedad Civil, agrupación a la que Martha había
puesto corazón y vida a partir de julio del 2002.
La contrainteligencia cubana
decidió “quemar” a Godínez y Manuel
David Orrio para poder “reforzar” las evidencias
de los “delitos” cometidos porque Roque Cabello
y Raúl Rivero, que supuestamente violan artículos
contemplados en la Ley 88 o Ley Mordaza, aprobada en febrero
de 1999, y el Código Penal (Ley 62, vigente desde
abril de 1988).
En todo caso la sorpresa del
famoso poeta, escritor y periodista disidente, fue el hecho
de que Orrio no fue vestido de verde olivo, el color del
uniforme del Departamento de Seguridad del Estado (DSE)
y al cual el “agente Miguel”, según dijo
en el juicio, se enorgullece en pertenecer desde 1992.
Orrio no podía soportar
el talento, la personalidad y el reconocimiento internacional
alcanzado por Raúl Rivero a partir de 1991, cuando
firmó la Carta de los Diez, pero sobre todo a partir
de 1994, cuando sin recurrir a ninguna sesión de
Alcohólicos Anónimos, se convirtiera en abstemio
y con plena conciencia -y valor- el 23 de septiembre de
1995 fundara Cuba Press, la más profesional de las
agencias de prensa alternativa creadas en la Isla.
Su odio llegó al clímax
en junio del 2000, cuando convocó a un grupo de periodistas
cercanos a su entorno con el propósito de lograr
consenso y atacar, mediante una declaración (que
hicieron pública), a quien Orrio despectivamente
llamaba “periodista en jefe”.
Orrio quería ser el
personaje protagónico, la figura central dentro del
periodismo independiente. Porque mientras más él
sobresaliera y su nombre sonara, más quedaba “sembrado”
dentro de la disidencia.
Sus intenciones fallaron en
el verano del 2000. Recuerdo que escribí un artículo
denunciando aquella trama. Pero Raúl, de nobles sentimientos,
me pidió que no lo publicara para no echarle más
leña al fuego de la discordia. Fue la única
vez que Raúl me hiciera una sugerencia de ese tipo.
No sé aún cómo
la reportera Carmen Butta, de la revista alemana Geo, enfocó
la abiertamente mala intención de Orrio hacia Rivero,
pues nunca vi el trabajo publicado.
En el juicio acelerado del
4 de abril del 2003 celebrado en el Tribunal Popular del
municipio 10 de Octubre contra Raúl Rivero y su colega
Ricardo González Alfonso, presidente de la Sociedad
de Periodismo Manuel Márquez Sterling y sobre quienes
pesan injustas, inhumanas, absurdas y monstruosas peticiones
de 20 años de privación de libertad para Raúl
y de cadena perpetua para Ricardo, otro “agente”
fue presentado como testigo acusador: Néstor Baguer,
un anciano que hasta ese bochornoso instante era considerado
“el decano de la prensa independiente”, por
haber fundado a inicios de los 90 la APIC (Asociación
de Periodistas Independientes de Cuba).
Con su característica
boina negra y auxiliado por un bastón, Baguer, como
Orrio, se pasaba todo el tiempo tratando de desacreditar
a Rivero. Pero a los 80 años, solo y enfermo, el
alma buena de Raúl se conmovió y decidió
perdonar al “viejo Baguer”, quien por todas
partes se quejaba de estar muriéndose de hambre y
pidiendo dinero a tutiplén.
Raúl no vaciló
en darle, inclusive, dinero de su bolsillo. Una vez me comentó:
“cuando lo
veo así, decrépito y abandonado, sin poder
valerse, pienso en algún tío o pariente mío”.
Si Orrio en el juicio fue ayudado a sentarse (tiene limitación
física en una pierna), el “testimonio”
de Baguer fue dado mediante un video, por sus deterioradas
condiciones de salud o por temor a que el “agente
Octavio” metiera la pata y hablara más de lo
deseado.
El mismo día que detuvieron
a Raúl, el jueves 20 de marzo, en una de las tantas
veces que ese día hablamos por teléfono, me
contó que cuando Baguer se enteró del operativo
de más de 10 horas en el domicilio de Ricardo González
y su posterior detención (Ricardo también
era condescendiente con Baguer, pues era miembro de la Sociedad
y colaborador de la revista De Cuba, cuyo segundo número
fue totalmente incautado por el DSE), le dijo a Rivero:
“Raúl, no te preocupes, después de todo
Ricardo no es periodista”. Poseedor de un ego enorme,
Baguer consideraba que sólo él y Raúl
eran periodistas de verdad.
A principios de 1997 Orrio
fue nombrado por Rosa Berre -periodista cubana exiliada
en Miami- como representante de Cubanet, la página
digital que ella dirigía. A fines del 2002, otro
periodista exiliado, José Rivero, lo escogió
para estar al frente de la corresponsalía de Carta
de Cuba en la Isla. Y hasta el final, Orrio fue su “hombre
en La Habana”.
Baguer, por su edad, además
de hablar incoherencias y estar en el centro de bretes y
chanchullos, cogió como ángel de la guarda
a Angélica Mora, periodista chilena que trabajara
en Radio Martí y después en la Voz de los
Estados Unidos. Angélica tenía lástima
al viejecillo y siempre lo presentaba como “el decano
de la prensa independiente en Cuba”. Angélica
se jubiló recientemente y Baguer andaba como loco
buscando su teléfono privado. Por suerte, no lo consiguió.
La gota de agua que desató
la actual represión fue un “taller” sobre
la Sección de Intereses de Estados Unidos en Cuba,
James Cason, diplomático que el 6 de marzo había
sido fuertemente atacado y amenazado con expulsarlo del
país por Fidel Castro.
La fecha escogida no fue casual:
viernes 14 de marzo, día en que la oficialidad celebra
el Día de la Prensa Cubana. No había que ser
un James Bond o haber leído a Frederich Forsythe
para darse cuenta que en aquel “taller” había
gato encerrado. En cualquier nación del continente
una actividad de ese tipo es común y corriente. Pero
en Cuba es una muestra de dependencia y servilismo hacia
los americanos, tenidos como “sufragadores de la contrarrevolución
interna” y agentes de la CIA.
La reunión en la residencia
de Cason fue el pretexto para, en cuatro días, del
18 al 21 de marzo, efectuar una razia contra una lista de
opositores y periodistas independientes minuciosamente seleccionados
por el DSE.
Ni Raúl Rivero ni Ricardo
González asistieron al provocador “taller”
y al cual habían sido expresamente invitados. Desde
hace tres semanas se encuentran en celdas tapiadas de Villa
Marista, con delincuentes por compañía, con
calor o frío, una luz encendida las 24 horas e interrogatorios
intensos y constantes.