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7 de abril de 2003

El odio todo lo puede

Por Tania Quintero

Raúl Rivero lo vio entrar con camisa color tangerina de mangas largas, pantalón carmelita y su inseparable bastón, no se sorprendió como el día antes, en la misma sala del mismo tribunal, Martha Beatriz Roque Cabello se asombrara al ver entrar como testigo acusador a Aleyda Godínez, persona allegada en la Comisión gestora de la Asamblea para Promover la Sociedad Civil, agrupación a la que Martha había puesto corazón y vida a partir de julio del 2002.

La contrainteligencia cubana decidió “quemar” a Godínez y Manuel David Orrio para poder “reforzar” las evidencias de los “delitos” cometidos porque Roque Cabello y Raúl Rivero, que supuestamente violan artículos contemplados en la Ley 88 o Ley Mordaza, aprobada en febrero de 1999, y el Código Penal (Ley 62, vigente desde abril de 1988).

En todo caso la sorpresa del famoso poeta, escritor y periodista disidente, fue el hecho de que Orrio no fue vestido de verde olivo, el color del uniforme del Departamento de Seguridad del Estado (DSE) y al cual el “agente Miguel”, según dijo en el juicio, se enorgullece en pertenecer desde 1992.

Orrio no podía soportar el talento, la personalidad y el reconocimiento internacional alcanzado por Raúl Rivero a partir de 1991, cuando firmó la Carta de los Diez, pero sobre todo a partir de 1994, cuando sin recurrir a ninguna sesión de Alcohólicos Anónimos, se convirtiera en abstemio y con plena conciencia -y valor- el 23 de septiembre de 1995 fundara Cuba Press, la más profesional de las agencias de prensa alternativa creadas en la Isla.

Su odio llegó al clímax en junio del 2000, cuando convocó a un grupo de periodistas cercanos a su entorno con el propósito de lograr consenso y atacar, mediante una declaración (que hicieron pública), a quien Orrio despectivamente llamaba “periodista en jefe”.

Orrio quería ser el personaje protagónico, la figura central dentro del periodismo independiente. Porque mientras más él sobresaliera y su nombre sonara, más quedaba “sembrado” dentro de la disidencia.

Sus intenciones fallaron en el verano del 2000. Recuerdo que escribí un artículo denunciando aquella trama. Pero Raúl, de nobles sentimientos, me pidió que no lo publicara para no echarle más leña al fuego de la discordia. Fue la única vez que Raúl me hiciera una sugerencia de ese tipo.

No sé aún cómo la reportera Carmen Butta, de la revista alemana Geo, enfocó la abiertamente mala intención de Orrio hacia Rivero, pues nunca vi el trabajo publicado.

En el juicio acelerado del 4 de abril del 2003 celebrado en el Tribunal Popular del municipio 10 de Octubre contra Raúl Rivero y su colega Ricardo González Alfonso, presidente de la Sociedad de Periodismo Manuel Márquez Sterling y sobre quienes pesan injustas, inhumanas, absurdas y monstruosas peticiones de 20 años de privación de libertad para Raúl y de cadena perpetua para Ricardo, otro “agente” fue presentado como testigo acusador: Néstor Baguer, un anciano que hasta ese bochornoso instante era considerado “el decano de la prensa independiente”, por haber fundado a inicios de los 90 la APIC (Asociación de Periodistas Independientes de Cuba).

Con su característica boina negra y auxiliado por un bastón, Baguer, como Orrio, se pasaba todo el tiempo tratando de desacreditar a Rivero. Pero a los 80 años, solo y enfermo, el alma buena de Raúl se conmovió y decidió perdonar al “viejo Baguer”, quien por todas partes se quejaba de estar muriéndose de hambre y pidiendo dinero a tutiplén.

Raúl no vaciló en darle, inclusive, dinero de su bolsillo. Una vez me comentó: “cuando lo
veo así, decrépito y abandonado, sin poder valerse, pienso en algún tío o pariente mío”. Si Orrio en el juicio fue ayudado a sentarse (tiene limitación física en una pierna), el “testimonio” de Baguer fue dado mediante un video, por sus deterioradas condiciones de salud o por temor a que el “agente Octavio” metiera la pata y hablara más de lo deseado.

El mismo día que detuvieron a Raúl, el jueves 20 de marzo, en una de las tantas veces que ese día hablamos por teléfono, me contó que cuando Baguer se enteró del operativo de más de 10 horas en el domicilio de Ricardo González y su posterior detención (Ricardo también era condescendiente con Baguer, pues era miembro de la Sociedad y colaborador de la revista De Cuba, cuyo segundo número fue totalmente incautado por el DSE), le dijo a Rivero: “Raúl, no te preocupes, después de todo Ricardo no es periodista”. Poseedor de un ego enorme, Baguer consideraba que sólo él y Raúl eran periodistas de verdad.

A principios de 1997 Orrio fue nombrado por Rosa Berre -periodista cubana exiliada en Miami- como representante de Cubanet, la página digital que ella dirigía. A fines del 2002, otro periodista exiliado, José Rivero, lo escogió para estar al frente de la corresponsalía de Carta de Cuba en la Isla. Y hasta el final, Orrio fue su “hombre en La Habana”.

Baguer, por su edad, además de hablar incoherencias y estar en el centro de bretes y chanchullos, cogió como ángel de la guarda a Angélica Mora, periodista chilena que trabajara en Radio Martí y después en la Voz de los Estados Unidos. Angélica tenía lástima al viejecillo y siempre lo presentaba como “el decano de la prensa independiente en Cuba”. Angélica se jubiló recientemente y Baguer andaba como loco buscando su teléfono privado. Por suerte, no lo consiguió.

La gota de agua que desató la actual represión fue un “taller” sobre la Sección de Intereses de Estados Unidos en Cuba, James Cason, diplomático que el 6 de marzo había sido fuertemente atacado y amenazado con expulsarlo del país por Fidel Castro.

La fecha escogida no fue casual: viernes 14 de marzo, día en que la oficialidad celebra el Día de la Prensa Cubana. No había que ser un James Bond o haber leído a Frederich Forsythe para darse cuenta que en aquel “taller” había gato encerrado. En cualquier nación del continente una actividad de ese tipo es común y corriente. Pero en Cuba es una muestra de dependencia y servilismo hacia los americanos, tenidos como “sufragadores de la contrarrevolución interna” y agentes de la CIA.

La reunión en la residencia de Cason fue el pretexto para, en cuatro días, del 18 al 21 de marzo, efectuar una razia contra una lista de opositores y periodistas independientes minuciosamente seleccionados por el DSE.

Ni Raúl Rivero ni Ricardo González asistieron al provocador “taller” y al cual habían sido expresamente invitados. Desde hace tres semanas se encuentran en celdas tapiadas de Villa Marista, con delincuentes por compañía, con calor o frío, una luz encendida las 24 horas e interrogatorios intensos y constantes.

¿Y Orrio? Bien gracias. Preparándose para la próxima misión. Mientras, desde su casa en la barriada de Centro Habana -cercana, por cierto, al apartamento de Raúl Rivero- apaciblemente navega por Internet. En una Pentium comprada a una profesora de la Alianza Francesa con dinero enviado por un buen amigo de Nueva York.

Su nombre ya debe haber sido borrado de Cubanet y Carta de Cuba, pero a lo mejor sigue saliendo en Terra.com o en cualquier otro Web donde solía colaborar. Puede que en lo adelante use un seudónimo.

Sólo en el totalitarismo es delito poseer computadora, navegar por Internet y tener libre acceso a la información. A no ser, claro, que se sea agente de la Seguridad del Estado.


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